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miércoles, 5 de julio de 2017

El poder de las emociones

“…Así como no debes intentar curar tus ojos sin curar la cabeza, ni la cabeza sin curar todo el cuerpo, no debes tratar el cuerpo sin el alma…”

 Fragmentos del Cármides. 
Diálogos de Platón

La idea de interrelación entre lo mental y lo corporal, ha estado siempre presente en la historia de la humanidad; pero la investigación continuada comenzó recién en el siglo XIX.
La medicina psicosomática, la medicina conductual, la psicofisiología y la psicología de la salud, han aportado datos que avalan la relación entre los factores psicológicos, la enfermedad y la salud física.
Entre los factores psicológicos son de fundamental importancia las emociones.
Reacciones emocionales como la ira, la hostilidad, el miedo, la tristeza, la depresión, la ansiedad, el stress presentan correlatos fisiológicos, resultado de complicados mecanismos que por influencia del Sistema Nervioso afectan a las secreciones glandulares, los órganos y tejidos, los músculos y la sangre.
Día a día aparecen estudios que avalan la relación entre factores emocionales y trastornos cardiovasculares, digestivos e incluso los derivados de un mal funcionamiento del sistema inmunológico.
Los llamados clásicamente trastornos psicosomáticos o psicofisiológicos representan el campo de estudio de esta interrelación.
Autores de corte psicodinámico como Alexander (1950) sostuvieron la interrelación entre los distintos rasgos de personalidad y ciertos trastornos psicosomáticos. Holmes y Rahe, 1967 destacaron el papel de los “sucesos vitales”. En la década de los 80 diversos autores, reelaboraron la relación entre los procesos psicológicos y los trastornos somáticos incluyendo las variables cognitivas.
La mencionada corriente de pensamiento sostiene que las emociones y la personalidad influyen en la salud y en el proceso del enfermar, de muy diversas formas. Se transformó el concepto de enfermedad.
A mediados del siglo XIX, las 3/5 partes de las muertes en los países desarrollados, eran producidas por enfermedades infecciosas, como la tuberculosis, la disentería, el cólera, las diarreas, la malaria, la neumonía, etc. Estas enfermedades producidas por las precarias condiciones de vida, fueron gradualmente bien controladas mediante el tratamiento de las aguas, el cuidado de los alimentos, los programas públicos de inmunización, prevención y control ambiental. Luego, otras enfermedades vinieron a sustituir a las anteriores en el ranking de la mortalidad tales como, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y recientemente las enfermedades inmunológicas y degenerativas crónicas como el mal de Alzheimer, etc. y enfermedades relacionadas con el estilo de vida.
Por eso, en la década de los 60 se trasforma el modelo médico tradicional en un modelo bio-psicosocial que tiene en cuenta a los factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales en la génesis, mantenimiento y agravamiento de las enfermedades.
Las emociones se han planteado como una de las variables a tratar y controlar en la nueva concepción de salud y se han enumerado los distintos papeles que juegan los factores de riesgo de la enfermedad.
1. Las emociones negativas como la ansiedad, el stress, la ira, son notoriamente factores de riesgo en la génesis de la enfermedad somática. Fue Hans Selye (1936) el pionero en investigar los efectos de stress en el origen de varias enfermedades, hasta autores como Lazarus y Folkman (1984) quienes introducen variables cognitivas que tienen que ver con la forma de interpretar y afrontar las situaciones problemáticas.
2.   Otro paso significativo se dio cuando se postuló que las emociones no tienen sólo un rol de factor precipitante o causante de la enfermedad sino también como responsables del desarrollo, agravamiento, y cronificación de la misma. Son muchos los autores que sostienen esa postura en enfermedades como el asma, el dolor de cabeza, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión, la úlcera, el cáncer, distintas enfermedades de carácter inmunológico y también en los procesos de recuperación postquirúrgica.
3.   Asimismo, los estados emocionales van a representar un factor de riesgo muy especial cuando se cronifican ya que en ese caso afectan a la salud por inducción de hábitos conductuales poco saludables: ingesta de alcohol, el consumo de tabaco, una dieta poco variada, y con exceso de grasas, y la escasa actividad física.
4.    El estado emocional puede perturbar las actitudes del paciente con respecto a las personas que tienen a cargo el cuidado de su salud, con su propia familia e incluso influir negativamente en el cumplimiento de las prescripciones médicas. El paciente puede tomar decisiones que interfieran su proceso de curación; la adhesión al tratamiento se torna clave en las enfermedades crónicas.
    La Psicología tiene un rol decisivo que cumplir en el diseño de tratamientos que modifiquen las consecuencias negativas derivadas de la relación entre emoción y enfermedad.


La clave de la Psicología actual está en el estudio de las disfunciones cognitivas, en los problemas de procesamiento cognitivo y en la dificultad para expresar las emociones. Son estos conceptos, los que se están configurando como piezas claves en el estudio de la relación entre las emociones y la salud.
Tanto la falta de control de las emociones como la no expresión de las mismas, parecerían ser los factores de riesgo que aumentan la vulnerabilidad hacia el padecimiento de distintas enfermedades.
Finalmente y como contrapartida, la alegría, el buen humor, la solidaridad, la empatía y la esperanza son los antídotos naturales que preservan nuestra salud física y mental.
Iris Pugliese
Lic. en Psicología






sábado, 25 de marzo de 2017

Madres tóxicas, un amor que agobia

Tener un hijo es uno de los regalos más grandes que puede recibir una mujer, pero no todas saben expresar su amor de manera asertiva. Hay madres que, intentando proteger a sus hijos, se comportan de forma demasiado sobreprotectora o controladora, de manera que terminan limitando sus potencialidades. Cuando esto ocurre, se puede hacer referencia a “madres tóxicas” ya que, en vez de contribuir al desarrollo de sus hijos, se convierten en un obstáculo que afecta profundamente su equilibrio emocional.

¿Por qué las madres se comportan de forma tóxica con sus hijos?

Muchas madres no se comportan de forma tóxica a propósito. En ocasiones las causas de ese comportamiento se hallan en la infancia que ellas mismas tuvieron. Cuando profundizamos un poco en su historia, encontramos que durante su niñez fueron controladas en exceso por sus progenitores o que estos las humillaban, maltrataban o se mostraban distantes emocionalmente.

Como tenemos la tendencia a imitar el estilo educativo con el que crecimos, la historia se repite otra vez, pero en esta ocasión la víctima se convierte en verdugo. Se trata de un ciclo en el que la madre pone en práctica las formas de educar y amar que le inculcaron en su niñez, porque son las únicas que conoce. Aunque resulta curioso que muchas de estas madres afirman que jamás les harían a sus hijos lo que les hicieron a ellas pero, sin darse cuenta, terminan adoptando el repertorio de comportamientos que tanto aborrecían.

En otros casos, las conductas de las madres tóxicas se deben simplemente a determinados rasgos de su personalidad. Por ejemplo, puede tratarse de mujeres tan dominantes y fuertes que necesitan mantener todo bajo control, de personas que piensan que expresar los sentimientos es un signo de debilidad y prefieren marcar las distancias emocionales o de madres narcisistas demasiado volcadas sobre sí mismas. En cualquier caso, en la base de esos estilos educativos casi siempre existe una gran inseguridad ya que esos comportamientos son una forma para reafirmarse y ganar en seguridad.


Los 5 tipos de madres tóxicas más peligrosas

1. Desdeñosa. Se trata de madres que optan por ignorar los logros de sus hijos. Si estos hacen algo por hacerla sentir orgullosa, simplemente hacen caso omiso del esfuerzo, intentan minimizarlo o lo dan por descontado. Por ejemplo, si el hijo llega con un regalo, en vez de agradecérselo, se limitan a decirle que era su deber.

El problema es que los niños están programados para buscar la aprobación y el amor de las madres, por lo que crecer sin su atención es muy dañino. Como resultado, las personas que han tenido una madre así se convierten en adultos que dudan de sus necesidades emocionales, se sienten indignos de atención y tienen una profunda necesidad de ser amados y validados.

2. Controladora. Estas madres se niegan a reconocer que sus hijos son una persona independiente, con una personalidad propia y capacidad para tomar decisiones. Básicamente, el hijo se convierte en una extensión de ellas mismas, y debe estar dispuesto a hacer todo lo que ella desee. Estas madres pretenden controlar cada aspecto de la vida de sus hijos, incluso lo que deben pensar y sentir. Normalmente imponen esas reglas se “por tu propio bien, porque solo una madre sabe lo que es mejor para su hijo”. 

El resultado de ese control excesivo suele ser una persona terriblemente insegura, que vive con una sensación de impotencia perenne. Y es que la madre, al no validar sus palabras y comportamientos durante la infancia, le inculcó la idea de que no era capaz de tomar las decisiones por sí mismo y confiar en su juicio.

3. Inaccesible. Las madres distantes emocionalmente están presentes físicamente y le proporcionan a su hijo los cuidados que necesita pero no le brindan afecto. Se trata de madres inaccesibles, desconectadas emocionalmente, que no responden con empatía a las emociones de sus hijos bridándoles la confianza y la seguridad que necesitan para crecer.

Obviamente, lidiar con una madre inaccesible emocionalmente puede ser muy difícil para un niño ya que estos comportamientos generan malestar y confusión. De hecho, se ha demostrado que incluso puede afectar la composición química a nivel cerebral ya que el intercambio afectivo es fundamental para estimular los receptores de cortisol en el niño, los principales encargados de absorber y amortiguar las hormonas del estrés. Por eso, estas personas pueden tener problemas para lidiar con el fracaso y las decepciones, así como sentirse culpables por ser felices y agobiarse con responsabilidades para compensar la ausencia emocional.

4. Envidiosa. Se trata de madres que denigran activamente a sus hijos y son hipercríticas ya que sienten celos de los logros de estos. El problema es que ven a sus hijos como rivales, por lo que les declaran la guerra, de forma abierta o encubierta. Generalmente recurren a armas como la culpa y la vergüenza. En vez de reforzar la confianza del niño e inspirar su potencial, piensan que es injusto que tengan éxito cuando ellas no lo han tenido. Como resultado, intentan aplastar sus victorias, haciéndoles sentir mal o culpándoles por su propio fracaso.

Obviamente, las personas que han crecido con una madre así suelen tener una autoestima muy baja y a menudo se sienten culpables, incluso por cosas que no dependen de ellos. También suelen sentir que son indignos de cualquier logro, por lo que intentarán quitarse méritos.

5. Narcisista. Se trata de madres que están muy preocupadas por las apariencias y las opiniones de los demás, que mantienen una conexión superficial con sus hijos porque están demasiado centradas en sí mismas. Vistas desde fuera, pueden parecer madres modelos, pero lo cierto es que sus hijos se convierten en una auténtica Cenicienta. Por ejemplo, si el hijo llega con un problema y necesita el apoyo de la madre, es probable que esta le diga: “tú no sabes lo que son realmente los problemas”, y comienza a hablar de los suyos, haciendo caso omiso de las dificultades y conflictos del hijo.

Este tipo de comportamientos es muy desconcertante ya que los niños esperan que sus madres les brinden apoyo pero, en vez de eso, se encuentran subordinados a su ego, sometidos a una gran presión. Una madre narcisista pedirá atención y adoración pero por mucho que su hijo se esfuerce, nunca logrará complacerla. Estas personas, al llegar a la adultez, terminan viviendo con miedo a que sus palabras o actos puedan ofender a otros y a menudo establecen estándares demasiado altos para sí mismos, que generan una tensión innecesaria en sus vidas.

¿Cómo lidiar con una madre tóxica?

El hecho de que una madre tenga comportamientos tóxicos no significa que no ame a sus hijos, sino que no sabe cómo relacionarse de una forma asertiva y empática con ellos. Por eso, es importante que aprendas a lidiar con este problema. ¿Cómo hacerlo?

- Rompe el ciclo de la toxicidad. Cuando te percates de que tu madre muestra comportamientos tóxicos, ponle freno. Es probable que se trate de un patrón relacional de vieja data pero eso no significa que se debe perpetuar. Hazle saber que eres lo suficientemente mayor como para tomar tus propias decisiones, que ella puede opinar pero no decidir por ti ni anteponer continuamente sus necesidades a las tuyas.

- Establece límites claros. Establece cierta distancia, que puede ser económica, emocional o comunicacional. La idea es que delimites un territorio propio en el que solo tú tengas acceso. De esta manera estarás bloqueando el exceso de control y la manipulación, le demostrarás que necesitas y estás dispuesto a alcanzar tu independencia y privacidad, porque no eres una mera extensión de ella.

- Céntrate en lo que puedes controlar. Es probable que después de muchos años, no logres cambiar todo lo que te desagrada de tu madre. De hecho, sería una misión prácticamente imposible, pero puedes controlar tu reacción ante ello. En vez de lanzar acusaciones que empeoren aún más la relación o intentar que entre en razón, expresa tus sentimientos. Cuando intente desplegar sus armas, simplemente dile: “No me gusta que te comportes así, me haces daño”. Así al menos dejas claro que no aceptas cómo te hace sentir.

- Marca una distancia de seguridad. No se trata de alejarte por completo de tu madre, sino tan solo de marcar una distancia de seguridad. Por ejemplo, en vez de pasar todo un fin de semana con ella, en el que invariablemente termináis discutiendo, pasad tan solo un día juntos. Otra estrategia es pasar tiempo junto a otras personas, ya que de esta forma los ataques suelen cesar o tienen un alcance más limitado. Se trata de descubrir las situaciones que te hacen sentir mal y evitarlas. 

- Blíndate contra las emociones negativas. Cuando tu madre utilice sus clásicas técnicas de sabotaje emocional, intenta no prestarles atención. Después de todo, la basura emocional solo se puede quedar en tu interior si le haces espacio. Por ejemplo, si te dice que esa ropa te sienta fatal, porque quiere minar tu autoestima, respóndele con seguridad diciéndole que a ti te gusta y que no te cambiarás. También puedes explicarle que ese momento no es el mejor para discutir cierto asunto, que hablarán de ello cuando esté menos alterada y más dispuesta a escucharte.

- Sé asertivo y fomenta la comunicación. Intenta abrir un espacio de comunicación asertivo donde expongas tus puntos de vista y deseos de una manera abierta. Después de todo, tu madre te quiere, el problema es que no sabe encauzar adecuadamente esa preocupación que siente por ti. Por tanto, explícale cómo te sientes y cómo te limitan sus comportamientos. Intentad buscar la mejor solución para ambos porque en los conflictos interpersonales, solo se gana cuando ambas partes ganan.

Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga de profesión y por pasión, dedicada a hilvanar palabras.