viernes, 7 de julio de 2017

MASCUNINO Y FEMELINO



El hijo encarnó en ella como materia y creció sano 
porque su madre funcionaba como la tierra misma. 
Ella tenía, para todo su comportamiento, como ejemplo, a la Naturaleza,
pues ella misma era su reflejo, o su avatar.

Siempre estuvo disponible para cuando él la necesitaba, pero le respetaba sus espacios y nunca le invadía para que el niño se desarrollara con libertad. Ella le escuchó siempre con atención sus balbuceos y luego sus palabras, valorando sus opiniones, planteándole la posibilidad de que las cosas fueran de otra manera, porque ella era creativa y se dejaba guiar por la belleza y la verdad para aconsejarle. Le enseñó que las emociones no son peligrosas, sino que son la manera de equilibrarnos en el camino de la vida, mientras caminamos oscilando entre unas y otras. La madre nunca tuvo miedo de mostrarse cambiante emocionalmente frente a él, pues nunca le engañaba, y no le mentía sobre lo que sentía ni él mismo ni ella, contándole siempre la verdad adaptada a su edad, para que el niño comprendiera que llorar y reír, que enfadarse y ceder, que expresar y callar son la muestra de que la personalidad  de uno es sana, porque así es como uno es capaz de adaptarse a lo que la vida solicita. Le enseñó, por tanto, a no tener miedo a las emociones propias y las de los demás, porque supo que su expresión modulada es lo que mantiene el equilibrio del ser y con ello el hijo creció sin miedo ni a si mismo ni a la mujer y sus variaciones emocionales. Le enseñó para ello también a esperar y reflexionar, a meterse en la cueva de lo propio para gestar sus propias certezas, a cuidar lo emergente, a renacer en cada caída.

La madre, siempre, cada vez que le miraba, le mostró esa mirada de felicidad que le encendía el rostro. Para el niño esa mirada le decía que era él valioso, digno de amor, destinado a la felicidad y por ello fue gestando una identidad de sí mismo fluida y afirmativa. Esa mirada le permitía ser como era y esa manera era naturalmente buena. Ella siempre supo intuir sus necesidades y supo aportarle lo que no podía conseguir por sí mismo y, a la vez, supo motivarle para que él accediera a lo que ya estaba a su alcance. Por eso la confianza en la vida y en sí mismo fue su brújula de acción para siempre. Le dejó crecer respetando sus tiempos, sabiendo que la naturaleza tiene sus fases y que esos tiempos son personales y particulares en cada uno. Creó a su alrededor un ambiente armónico, pues sabía que somos también eso de lo que estamos rodeados, por eso se encargaba de que la belleza y el orden lo rodeara, y supo enseñarle a crearlo él mismo. La madre confiaba y enseñaba que la vida nos trae lo que necesitamos, que la naturaleza no crea una necesidad que no pueda ser satisfecha. Ella le enseñaba a distinguir entre la necesidad y el capricho, a permitirse disfrutar de lo primero sin limitaciones y a no dejarse arrastrar por lo segundo, pues le harían esclavo y acabarían frustrándolo. Le enseñó con el respeto al padre y viceversa, que lo femenino (no la mujer) sigue a lo masculino (no al hombre) y que lo masculino (no el hombre) sirve a lo femenino (no a la mujer). Por eso los dos géneros estaban integrados en el niño y sus cerebros estaban coordinados y por eso nunca consideró a la mujer un problema ni a su masculinidad un desafío. De ella aprendió a saber cuándo apretar y a saber cuándo relajar, a distinguir cuándo es oportuno rendirse, aceptar y cambiar y cuando es necesario apretar, esforzarse y persistir. Le mostró también a mediar entre  los individuos, pues su objetivo siempre era el bienestar del grupo, y por ello sabía limar las asperezas en cuando aparecían, para obtener una colectividad armónica. Ella sabía manejar los hilos de las relaciones grupales, para que él pudiera tener confianza en la pertenencia leal a la tribu sin tener que renunciar a su propia individualidad. Ella era sinuosa, curva, reflexiva, atrayente, misteriosa, alegre, satisfecha, creativa. Por eso el niño siempre supo amar a lo femenino dentro y fuera de sí mismo. Y así se hizo hijo y por eso, en su momento, podría ser padre.

El hijo creció sano porque el padre le enseñó a nombrar el mundo y le dio los significados adecuados y justos. El padre era y ejercía, pues, como el Verbo que discriminaba y diferenciaba, y le enseñó a distinguir lo oportuno de lo inoportuno, lo correcto de lo errado. El padre fue el transmisor de un mapa adecuado para ser seguido y no perderse siguiendo ideas confusas. El padre le enseñó con su presencia permanente que siempre sería protegido y que podía sentirse seguro y, a la vez, le enseñó a defenderse y afirmarse frente a los desafíos del camino, y por eso el niño creció activo y tranquilo.

El padre le enseñó a explorar, llevándole con él para mostrarle cómo manejarse con el mundo, como explorar las tierras ignotas que tantas serán, cómo hacerlas propias e integrarlas en uno mismo y así darles nombre y significado. El padre le mostraba cómo distinguir cuándo ser valiente y cuándo retirarse a esperar el momento propicio, y así le enseñó el arte de acechar, escuchar y tomar las decisiones correctas. Como el padre sabía que la vida de los adultos tiene límites, le enseñó a respetar los que él mismo le imponía, pues el padre era, como debe ser, la ley -si la ley es buena y justa y su fin es la felicidad-. Por eso el niño luego supo valorar lo correcto del sistema de lo equivocado, y distinguió qué valores hacer propios y qué injusticias combatir. El padre le enseñó que el poder del hombre, unidireccional, certero y persistente, ha de servir a lo femenino, flexible, receptivo, cambiante y oscilante, pues la felicidad y la aprobación de ella es la felicidad del hombre y le enseñó cómo lo femenino le seguiría a él – como la naturaleza de la planta al sol-,  si su camino lo merecía y era bueno y justo y verdadero. Y le enseñó con su ejemplo a mostrarle como el camino se creaba en base a buscar la felicidad de lo femenino, pues la de ella sería la suya. El padre supo hacerle afirmativo y ejecutivo, intenso y relajado, respetuoso y vehemente. Supo el padre también enseñarle a manejar la agresividad cuando era necesario defenderse de los desafíos y supo motivarle a intentar una y otra vez la acción fallida hasta que la competencia consigo mismo le llevaba a confirmarse que él era bueno y que él podía. Y por eso el niño se superaba a sí mismo continuamente y era estable y sereno, seguro y confiado, esforzado y ganador. Y supo tomar, con el ejemplo del padre, como buena la derrota si el otro era mejor, y con humildad la victoria si estaba con él, pues lo que él era no dependía de lo que conseguía, pero tenía siempre el derecho a ir a por ello. También el padre le enseñó a no tener que seguirle siempre, a poder derribarle a veces y a tomar su trono cuando lo mereciera y practicar así a montar su propio territorio y su propio criterio. Del padre aprendió bajo su brazo a sentirse bueno y competente, aventurero y cómico, seguro y arriesgado. Y por eso le hizo hombre

Los dioses arquetípicos, entre otras muchas cosas que no hemos mencionado, le enseñaron al hijo –con su ejemplo- su masculinidad y su femineidad sagradas. Por eso estarían ambas, dentro del hijo, y en el comportamiento del hijo, y en la mirada del mundo del hijo, los dos géneros para siempre armonizados y en sincronía. Por eso el hijo estaba completo, centrado e integrado. Por eso sus hemisferios se relacionaban bien y funcionaban simultáneos. Por eso el hijo tenía las emociones, el pensamiento, los deseos y la acción en coordinación. Y por eso ejercería y experimentaría siempre, ya sin tener que buscarlo, su derecho a ser feliz.

Y por falta de recibir todo eso, nosotros, los hijos del mundo, vivimos en la batalla de los géneros, en el desorden interno y en la violencia social: porque la madre y el padre interiores y el patriarcado y el matriarcado exteriores siguen en la batalla de la primacía, de la venganza, de la alienación y en la batalla del desamor a sí mismo, al mundo y al otro.


Mariano Alameda

AL RESCATE

Si tus padres hubieran tenido sus niños internos sanos, no habrían intentado enmendar sus infancias en la tuya.


Si tus padres los hubiesen tenido curados, habrían sido adultos sin demandas compulsivas, sin rechazos intensos, sin rasgos de carácter excesivos, sin todas esas cosas que tanto pudieron hacerte sufrir.
Si tus padres hubieran tenido su niño interno con ellos y amado, habrían comprendido cómo era el tuyo, y habrían sabido acompasarlo y acompañarlo, modularlo y respetarlo, impulsarlo y favorecerlo.
Si tus padres hubieran sido criados por unos padres que, a su vez, hubieran tenido sus niños internos bonitos e inocentes, habrían sido unos adultos sanos y lúcidos y habrían sabido enseñarlo siendo padres y tú también lo serías ahora contigo y con tus niños.
Hicieron lo que pudieron con lo que supieron por lo que les hicieron.
Ahora que somos mayores, podríamos rescatarnos. Sin embargo, dormimos y envejecemos.
Los dolores de los niños internos se transmiten de generación en generación, de manera inconsciente, porque los niños internos suelen estar encerrados en las mazmorras del inframundo personal, aunque sus demandas, sus rabietas y sus dolores, se oyen como ecos profundos en nuestro karma, en nuestros dolores corporales, en los daños de nuestros hijos, en las compulsiones que nos persiguen. Los niños internos encerrados en las mazmorras internas no dejan de llorar, pedir o gritar asustados por los espectros de la infancia. Lo que pasa es que engordamos, nos embrutecemos, nos distraemos, nos mentimos, nos atacamos, nos hacemos adictos, consumimos, nos fingimos insensibles, nos creemos rendidos, o fracasados, o enfadados, todo ello para no escuchar el eco de los lamentos y las rabietas de los niños internos doloridos encerrados en las celdas nuestra psique. Ya no recordamos que al encerrarlos para no sufrir, los encerramos junto con sus miedos, sus dolores, los abandonos, las soledades, las incomprensiones y las penas. Y ahí los dejamos solitos encerrados con su miedo, con demonios y  dragones vigilando las puertas para que no se escape el niño. No puede irse, el niño es el tesoro que guarda el dragón,  el tesoro divino que reside en el corazón de todo niño.
Pero si ahora, investidos de sabiduría y conciencia, de poder y de energía, de certeza y compasión, de intención y de persistencia, entráramos en las marañas oscuras a salvarlo con nuestro traje de guerrero o de amazona, si entráramos en los laberintos internos a rescatar a ese niño que fuimos, quizá tendríamos que pelear con algunos dragones, algunos demonios y algunos minotauros que lo retenían y asustaban. Y tendremos que matarlos y matarnos un poco e integrarlos. Lo que nos sorprenderá saber, con la espada desenvainada ahora y ya triunfante, es que esos dragones tan temibles -que también eran en parte, nosotros- solo asustan a los niños, no a los adultos, no al capitán, no a la cazadora, no a la chamana rescatadora que somos ahora.
Imagina, pues, a tu niño encerrado hasta ahora viendo como tú mismo o tú misma como un mago apareces entre las tinieblas a rescatarle tras haber derribado las puertas, rotos los candados y haciendo huir a los carceleros. Y desde los ojos del niño, entre las rejas de los antiguos dolores ya en fuga, ves el poder y la sabiduría reconocida que te viene a buscar para abrazarte y jugar contigo. Y reconoces ese poder,  lo reconoces como propio, ves desde el niño que sus ojos son tus ojos, y que el niño que eres es el niño que viene.  Y te llega la euforia infantil de saberte querido y valorado, comprendido y estimado, acompañado y animado. Por fin.
Entonces, y sólo entonces, podrás recuperar tu alma antigua de niño y traerla de vuelta al mundo del ahora. Y con ella, llegarán de nuevo todas las características infantiles de un niño sano que perdiste por no haber sido tratado como el dios que eras. En esa catarata de cualidades que podrás sentir de nuevo viene navegando la curiosidad por la vida, la fe innata en que todo acabará bien, la valentía que proporciona la autoestima, la resistencia que nos da la ilusión, la capacidad de estar bien si estás explorando solo y la de estar bien si estás compartiendo en grupo. Se recupera entonces la libertad de ser, de nuevo, espontáneo y creativo, de poder sentir sin miedo cualquier cosa, de estar otra vez orientado hacia el ahora y hacia el placer y unificado con la vida y con el entorno.  Entonces recuperamos la esperanza y la voluntad, que son las características innatas de un niño sano. Todo eso podrá ser nuestro de nuevo porque es lo que somos, lo que siempre fuimos, lo que siempre podremos ser.
Uno tiene que elegir entre ir al rescate del tesoro de la vida o abandonar al niño y envejecer por dentro.
Todos los dolores del mundo están provocados porque no tratamos a los niños como a Dios.
Mariano Alameda


miércoles, 5 de julio de 2017

El poder de las emociones

“…Así como no debes intentar curar tus ojos sin curar la cabeza, ni la cabeza sin curar todo el cuerpo, no debes tratar el cuerpo sin el alma…”

 Fragmentos del Cármides. 
Diálogos de Platón

La idea de interrelación entre lo mental y lo corporal, ha estado siempre presente en la historia de la humanidad; pero la investigación continuada comenzó recién en el siglo XIX.
La medicina psicosomática, la medicina conductual, la psicofisiología y la psicología de la salud, han aportado datos que avalan la relación entre los factores psicológicos, la enfermedad y la salud física.
Entre los factores psicológicos son de fundamental importancia las emociones.
Reacciones emocionales como la ira, la hostilidad, el miedo, la tristeza, la depresión, la ansiedad, el stress presentan correlatos fisiológicos, resultado de complicados mecanismos que por influencia del Sistema Nervioso afectan a las secreciones glandulares, los órganos y tejidos, los músculos y la sangre.
Día a día aparecen estudios que avalan la relación entre factores emocionales y trastornos cardiovasculares, digestivos e incluso los derivados de un mal funcionamiento del sistema inmunológico.
Los llamados clásicamente trastornos psicosomáticos o psicofisiológicos representan el campo de estudio de esta interrelación.
Autores de corte psicodinámico como Alexander (1950) sostuvieron la interrelación entre los distintos rasgos de personalidad y ciertos trastornos psicosomáticos. Holmes y Rahe, 1967 destacaron el papel de los “sucesos vitales”. En la década de los 80 diversos autores, reelaboraron la relación entre los procesos psicológicos y los trastornos somáticos incluyendo las variables cognitivas.
La mencionada corriente de pensamiento sostiene que las emociones y la personalidad influyen en la salud y en el proceso del enfermar, de muy diversas formas. Se transformó el concepto de enfermedad.
A mediados del siglo XIX, las 3/5 partes de las muertes en los países desarrollados, eran producidas por enfermedades infecciosas, como la tuberculosis, la disentería, el cólera, las diarreas, la malaria, la neumonía, etc. Estas enfermedades producidas por las precarias condiciones de vida, fueron gradualmente bien controladas mediante el tratamiento de las aguas, el cuidado de los alimentos, los programas públicos de inmunización, prevención y control ambiental. Luego, otras enfermedades vinieron a sustituir a las anteriores en el ranking de la mortalidad tales como, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y recientemente las enfermedades inmunológicas y degenerativas crónicas como el mal de Alzheimer, etc. y enfermedades relacionadas con el estilo de vida.
Por eso, en la década de los 60 se trasforma el modelo médico tradicional en un modelo bio-psicosocial que tiene en cuenta a los factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales en la génesis, mantenimiento y agravamiento de las enfermedades.
Las emociones se han planteado como una de las variables a tratar y controlar en la nueva concepción de salud y se han enumerado los distintos papeles que juegan los factores de riesgo de la enfermedad.
1. Las emociones negativas como la ansiedad, el stress, la ira, son notoriamente factores de riesgo en la génesis de la enfermedad somática. Fue Hans Selye (1936) el pionero en investigar los efectos de stress en el origen de varias enfermedades, hasta autores como Lazarus y Folkman (1984) quienes introducen variables cognitivas que tienen que ver con la forma de interpretar y afrontar las situaciones problemáticas.
2.   Otro paso significativo se dio cuando se postuló que las emociones no tienen sólo un rol de factor precipitante o causante de la enfermedad sino también como responsables del desarrollo, agravamiento, y cronificación de la misma. Son muchos los autores que sostienen esa postura en enfermedades como el asma, el dolor de cabeza, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión, la úlcera, el cáncer, distintas enfermedades de carácter inmunológico y también en los procesos de recuperación postquirúrgica.
3.   Asimismo, los estados emocionales van a representar un factor de riesgo muy especial cuando se cronifican ya que en ese caso afectan a la salud por inducción de hábitos conductuales poco saludables: ingesta de alcohol, el consumo de tabaco, una dieta poco variada, y con exceso de grasas, y la escasa actividad física.
4.    El estado emocional puede perturbar las actitudes del paciente con respecto a las personas que tienen a cargo el cuidado de su salud, con su propia familia e incluso influir negativamente en el cumplimiento de las prescripciones médicas. El paciente puede tomar decisiones que interfieran su proceso de curación; la adhesión al tratamiento se torna clave en las enfermedades crónicas.
    La Psicología tiene un rol decisivo que cumplir en el diseño de tratamientos que modifiquen las consecuencias negativas derivadas de la relación entre emoción y enfermedad.


La clave de la Psicología actual está en el estudio de las disfunciones cognitivas, en los problemas de procesamiento cognitivo y en la dificultad para expresar las emociones. Son estos conceptos, los que se están configurando como piezas claves en el estudio de la relación entre las emociones y la salud.
Tanto la falta de control de las emociones como la no expresión de las mismas, parecerían ser los factores de riesgo que aumentan la vulnerabilidad hacia el padecimiento de distintas enfermedades.
Finalmente y como contrapartida, la alegría, el buen humor, la solidaridad, la empatía y la esperanza son los antídotos naturales que preservan nuestra salud física y mental.
Iris Pugliese
Lic. en Psicología






¿Qué es la empatía? Características principales y su uso en terapia

Con empatía se entiende a la capacidad cognitiva de percibir y compartir los sentimientos o experiencias de otra persona, dentro de un contexto común, e imaginar cómo sería encontrarnos en el lugar de esa persona situación.


¿En qué consiste la Empatía?
A lo largo del tiempo la empatía ha sido descrita de diferentes maneras, algunas incluso de forma metafórica como: “ponerse en los zapatos del otro” o “ver a través de sus ojos”; sería como tener la capacidad de experimentar la vida como lo hace el otro, comprendiendo sus pensamientos, sentimientos, emociones y significados de la realidad.
Significa sentir dolor o placer tal como el otro lo siente, percibir las cosas de la misma forma, pero sin perder nunca el reconocimiento de que es un “como si”, ya que no somos la misma persona. Si este “como si” se pierde, entonces entramos en un estado de identificación poco realista o recomendable.
Formas básicas de la Empatía según Daniel Batson
El Psicólogo Social Daniel Batson propuso ocho formas diferentes de “empatía”, las cuales están relacionadas entre sí, pero no constituyen varios aspectos de ésta:
1.     Conocer el estado interno de la otra persona, incluyendo sus pensamientos y sentimientos. Esto nos puede suministrar argumentos para sentir amabilidad hacia el otro, sin que esto sea suficiente, ni indispensable para generar una motivación altruista. Esto quiere decir que se puede ser consciente de lo que el otro piensa o siente, y permanecer indiferente frente a su situación.
2.     La imitación motriz y neuronal: el hecho de percibir a alguien bajo cierta situación, lleva a nuestro sistema neuronal a adoptar un estado analógico al suyo, lo cual genera un mimetismo corporal y facial acompañado por sensaciones similares a las de la otra persona.
3.     La resonancia emocional: es llegar a sentirse exactamente cómo se siente otra persona, ya sea un sentimiento de felicidad o de tristeza. Aunque es imposible vivir exactamente la misma experiencia que alguien, sí podemos sentir emociones similares.
4.     Proyectarse intuitivamente en la situación de la otra persona. Para verse afectado por lo que le sucede a alguien más, no es necesario imaginar todos los detalles de su experiencia, basta con saber que sufre.
5.     Crear una representación muy clara de los sentimientos de la otra persona gracias a lo que ella nos dice, a lo que observamos y a nuestros conocimientos sobre dicha persona, sobre sus valores y sus aspiraciones. Imaginar cómo se podríamos pensar y sentir en el lugar del otro.
6.     Imaginar lo que sentiríamos si estuviésemos en el lugar de la otra persona, con nuestro propio carácter, nuestras aspiraciones y nuestra visión del mundo.
7.     El sufrimiento por empatía: lo que sentimos cuando somos testigos o evocamos el sufrimiento de otra persona. Esta forma de empatía puede hacer que ignoremos la situación en lugar de asumir una actitud altruista. En realidad aquí Batson no habla de preocuparse por la otra persona, ni de ponerse en su lugar, sino de una ansiedad personal generada por la otra persona. Desafortunadamente este sentimiento de sufrimiento no genera necesariamente una reacción de amabilidad ni una respuesta apropiada hacia la persona que padece. Si la resonancia con el sufrimiento de la otra persona nos genera sufrimiento personal, debemos dirigir nuestra atención hacia dicha persona y reactivar nuestra capacidad de expresar bondad y amor altruista.
8.     La amabilidad empática, que consiste en tomar consciencia de las necesidades de los demás y en sentir el deseo sincero de ayudarles. Según Daniel Batson, la amabilidad empática es la única respuesta que se dirige hacia los demás y no hacia nosotros mismos, lo cual es necesario y suficiente para producir una motivación altruista.
Daniel Batson afirma que las seis primeras formas de empatía pueden contribuir a la creación de una motivación altruista, pero ninguna de ellas garantiza que surja realmente dicha motivación, como máximo constituyen sus condiciones indispensables. La séptima forma, la del sufrimiento por empatía se encuentra claramente en contra del altruismo. Solamente la última forma, es decir la amabilidad empática es necesaria y suficiente para que nazca la motivación altruistaen nosotros y nos incite a la acción.
Cómo se genera la Empatía
Para ser empático con otra persona se requieren varias condiciones. Una es entrar en el mundo de la percepción privada del otro y ser sensible, momento a momento, de los sentimientos que fluyen en él o ella, ya sea miedo, rabia, dolor o confusión o lo que sea esté experimentando. Significa que de alguna forma se vive temporalmente en la vida del otro, moviéndose en su interior con delicadeza y sin hacer juicios; entendiendo los significados conscientes de esta persona, pero no tratando de descubrir los sentimientos más inconscientes o profundos, ya que esto haría que demasiado amenazante. Incluye la comunicación sobre su entendimiento del mundo, consultando sobre su forma de pensar y guiándose por las respuestas que se recibe. Se trata de convertirse en un compañero de confianza para que el otro nos deje entrar de alguna forma en su mundo interior.
Estar de esta manera con la otra persona significa que por un momento, nosotros dejamos a un lado nuestros propios puntos de vista y valores con el fin de entrar en el mundo de la otra persona sin prejuicios. En cierto sentido, esto sólo se puede hacer cuando la persona se siente lo suficientemente segura de sí misma y reconoce que no se va a perder en  el mundo extraño del otro, y que puede volver a su propio mundo cuando lo desee.
Como vemos esta descripción deja claro que el ser empático es algo más complejo, exigente, y fuerte de lo que pueda parecer en un principio, pero también es algo sutil y suave.
La Empatía en terapia: Carl Rogers y el enfoque centrado en la persona
Para el psicólogo humanista Carl Rogers este es un proceso imprescindible en la terapia centrada en la persona, la empatía es la cualidad más importante en todas las formas de escucha terapéutica. Eso significa tener que entrar dentro del mundo de la persona que viene para la terapia (usualmente llamado el cliente) para que esa persona se sienta aceptada y comprendida. Dos cosas son importantes en este proceso:
1.     Que la empatía sea precisa, y
2.     Que el cliente sepa que estamos empatizando con él o ella.

Ambas son habilidades que se pueden aprender, y marcan una gran diferencia en la relación entre el cliente y el consejero o el terapeuta.
La segunda cualidad es la autenticidad. Si con la empatía se trata de escuchar al cliente, con autenticidad se trata de escucharnos a nosotros mismos, si realmente sintonizamos y somos conscientes de todo lo que está pasando en nuestro interior. Significa estar abiertos a nuestras propias experiencias, sin negarlas ni apartarlas de nosotros. La autenticidad es más difícil incluso que la empatía, ya que implica una gran cantidad de auto-conocimiento, que en realidad sólo se obtiene pasando a través de realizar una auto-terapia de una manera completa y profunda, para llegar a mostrarnos de forma sincera y genuina.
La tercera cualidad es la aceptación no posesiva. Esto significa que el cliente pueda sentirse recibido de una manera humana, que no se sienta amenazado de ninguna forma. En esta atmósfera de confianza se puede desarrollar la verdadera confianza, y la persona puede sentirse capaz de abrirse a sus propias experiencias y sus propios sentimientos.

Marta Guerri
Licenciada en Psicología por la Universidad UOC, Barcelona (España). Diplomada en Enfermería por la Universidad UB, Barcelona (España). Máster en Terapia de la Conducta y la Salud